Tinta en Tombuctú

Historia alternativa y ficticia del descubrimiento, lectura y
publicación de Antología poética de la especie humana.

El hombre serio, pulcro y sosegado me preguntó: «¿crees en la magia?». Y yo, por no parecer ni demasiado optimista ni demasiado escéptica, le respondí: «depende». «Bien», dijo, «la respuesta es válida». Y me pidió que le siguiera con un gesto elegante.

Accedimos a un sencillo patio de arena donde un hombre escribía bajo el cielo, sentado sobre una alfombra bereber. Parecía estar copiando un libro de otro, minuciosamente; con mucho esmero, empapaba en tinta su buril de madera y procedía a caligrafiar de derecha a izquierda, haciendo especial hincapié en los detalles, pero también en los silencios.

Durante un rato, el hombre serio y yo observamos al escriba con ternura, hasta que me di cuenta de que en la esquina menos soleada reposaba un poliedro de oscuridad, algo cuya falta de luz aún me incomoda. Cuando mi acompañante consideró que ya estaba lo suficientemente perpleja, susurró: «son poesías».

Esta ciudad de arena es Tombuctú y, en el pasado, sus habitantes eran tan ricos en oro que abandonaron las idolatrías. Al quedar libres del gualdo metal, sus mentes codiciaron erudición y sapiencia, por lo que ataron sus corazones a los libros. Los clanes dejaron de atesorar monedas o cachivaches y se dedicaron a custodiar bibliotecas. En vez de bodegas, excavaron en el suelo bibliotecas; en vez de porcelanas, guardaron en sus arcones bibliotecas; en vez de cajas con candado para los valores, bibliotecas; en vez de joyeros para perlas y rubíes, bibliotecas; en vez de velocidad y petróleo, bibliotecas.

Tombuctú parecería haber sido erigida en el planeta donde vivía Luke Skywalker antes de encontrarse con R2D2, recibir el mensaje de la Princesa Leia, pedirle consejo a Obi-Wan y tal y cual. Es lo primero que se te viene a la cabeza cuando la ves pero, en realidad, lo único que podrían tener en común es que el espaciotiempo se hace más denso o más liviano según quiera la arena.

Sin embargo, la monocromía arquitectónica de Tombuctú contrasta con el festín de coloridas telas en las túnicas de sus autóctonos; los niños parecen bailarle al viento, que los arremolina risueños en enjambre alrededor del extranjero; a veces, si encuentras una ventana que no tiene madera y miras hacia el interior, te puedes dar de bruces con jugadores indómitos de cartas o de awalé, pero también hay puertas selladas con arabescos y signos abstractos.

Todo aficionado a la ciencia-ficción sabe que incluso algunos científicos rigurosos sospechan que vivimos en una simulación. También sabe que Douglas Adams contó, en su Guía del autoestopista galáctico, que unos seres hiperdimensionales le habían pedido a una supercomputadora que les diera la respuesta al secreto de la vida y del universo y que el artilugio tardó 7,5 millones de años en computar la respuesta:

42

En la tradición de la Cábala, 42 es el número con el que Dios crea el Universo. Para los antiguos egipcios, las personas que emprenden su viaje hacia la Muerte deben responder 42 preguntas, según la escena del Juicio, descrita en el Libro de los Muertos; si el viajero puede dar respuestas razonables a las 42 preguntas se convertirá en una estrella de luz. Además, el número 42 es el ángulo crítico para el arcoiris, que mágicamente coincide con el número de veces que emanó el vórtex que luego describiré, y el número de poemas que componen Antología.

Puede ser una casualidad, por supuesto. En la Guía de Adams, cuando los seres hiperdimensionales conocen la enigmática respuesta, se miran, si es que pueden mirarse, desconcertados, si es que pueden desconcertarse, porque se han olvidado de la pregunta. Para averiguarla, estos seres ultrainteligentes construyen una supercomputadora todavía mayor, del tamaño de un pequeño planeta, y más potente, porque incluye componentes orgánicos, llamada «Tierra». Es en este paradigma en el que no es imposible que sucediera lo que a mí me sucedió.

 

Recibí un correo electrónico del señor serio, A. K. Hadari, en otoño del año 2011. Me contaba que era totalmente imposible explicarme lo que me tenía que explicar por medios tecnológicos y que el correo postal tampoco era una opción, por motivos que ya comprendería. Así que me citó en el puerto de Kabara, a orillas del río Níger, una de las rutas posibles hacia Tombuctú. Yo ni siquiera estaba segura de su existencia en el mundo real, así como cualquiera dudaría de Samarkanda, Xanadú, Ulán Bator, Saba. Pero era otoño del año 2011. Hacía una década que el colapso de las Torres Gemelas había llenado de bruma el vidrio que separa lo real de la ficción. Y la supuesta profecía del fin del mundo del calendario maya promovía la incertidumbre ─el calendario maya comienza en el año 3114 a. C. y termina el día 21 de diciembre del año 2012 d. C.

Como me encontraba en un periodo de sequía creativa mientras escribía un libro que luego mencionaré y, además, conocía a una buena mujer maliense, Aminata Traoré, que me animó a hacer el viaje, le dije al señor Hadari que sí, que iría. Pronto me encontré en una barcaza a vapor, la que cubre la ruta entre Kulikoro y Gao, disfrutando de las siluetas humanas que alegran la orilla del Isaga Ber, envueltas en telas kitenge de mil colores, y de las estilizadas pinazas de madera que navegan livianas, sin molestar a los espíritus del río. Al arribar, me recibió un enlace del señor Hadari, quien había arreglado las cosas para que el trayecto entre Kabara y la ciudad lo realizara a lomos de un camello, cuya parsimonia le imprime al camino una especie de hechizo embriagador rítmico. Por alguna razón misteriosa, yo había decidido llegar vestida de blanco y dorado a Tombuctú y estos colores respetuosos impactaron favorablemente en mi anfitrión.

Hadari había heredado de sus antepasados una vetusta biblioteca y se dedicaba con todo su tuétano a archivarla y preservarla. «Aquí llegan libros», escribió León el Africano en el siglo XVI, «que son vendidos por más dinero que cualquier otra mercancía». Desde hace tiempo inmemorial, los jóvenes tombuctuenses juran custodiar los manuscritos que heredan de su casa, por tener atado a ellos su corazón esotérico.

Todavía escucho nítidamente, dentro de mi cabeza: «son poesías». No solo porque me sorprendió que lo fueran sino por el enigma que percibí en su voz, mientras miraba, atónita, hacia el torvo azabache del patio.

En aquella época, yo no estaba especialmente interesada en la poesía; porque me encontraba inmersa en la escritura del libro que comentaba, sobre el origen de Internet y los viajes espaciales. Mis lecturas de entonces trataban sobre tecnología, computación y la historia de la ciencia; también sobre filosofía, cosmología y psicodelia. Sin embargo, al señor Hadari le pareció válido: «c’est bien», repetía –porque nos comunicábamos en francés– «c’est bien comme ça».

En su opinión, solo la mente de una nexialista estaba preparada para comprender sus explicaciones. Un nexialista es lo que popularmente se considera un diletante, un majareta que, sin embargo, cual astronauta del conocimiento, emprende una exploración de proporciones épicas, con el objetivo de conectar información, ideas e intuiciones.

«Las poesías son del pasado y del futuro», me explica Hadari. Quedo atónita pero, por si no fuera suficiente, dice también: «Las poesías son de creación humana, pero su procedencia es extraterrestre».

Desde las explicaciones de Tombuctú, comprendo bien que el electrocardiograma de Buzz Aldrin se volviera caótico justo cuando estaban a punto de quedarse sin combustible y todavía no había podido Neil Armstrong alunizar el Apolo 11 en modo manual; una cardióloga a quien se mostró el gráfico sin decirle de qué corazón se trataba dijo que el tipo estaba para ingresar en quirófano.

«¿Puedes ver el futuro? ¿Te comunicas con los extraterrestres? ¿Por qué iba yo a ser la persona adecuada para custodiar esto? ¿Por qué iba a creerte?», le pregunté sin disimular mi escepticismo. Los nexialistas tenemos nuestro corazoncito y las confesiones dramáticas sobre fenómenos paranormales nos afectan profundamente. Por recordarnos al inventor de la lobotomía, Egas Moniz, y a alguien que se le parecía un poco, H. P Lovecraft, gran maestro del terror sobrenatural alienígena.

«Bueno, dijiste que sí creías en la magia, un poco…», dice Hadari.

«No sabía a qué tipo de magia te referías y tampoco quería ofender o parecer una ingenua o una iluminada o una loca», digo.

«La respuesta a la primera pregunta es “a veces”; la respuesta a la segunda pregunta es “no exactamente”; la respuesta a la última pregunta estaba escrita en el Oráculo de Delfos, conócete a ti misma, porque seguro que la encuentras en tu interior; y la respuesta a ¿por qué tú? la desconozco. Sólo sé que le envié el mismo correo a muchos otros, y solo has venido tú». Su aplomo me estremece.

«Bueno, no. También respondió Takaaki Kajita», dice como si nada.

«¿Takaaki?», digo. Y es la primera vez que Hadari sonríe. Con esto no quiero decir que Hadari no sea amable y sosegado, pero ya mencioné que es un señor serio, lo que significa que da la impresión de que habla totalmente en serio.

«No es un personaje famoso, claro, y, sin embargo, es un firme candidato al Premio Nobel de Física», responde.

Takaaki Kajita hizo su doctorado bajo la supervisión de Masatoshi Koshiba, el constructor del detector de neutrinos Kamiokande y de su versión mejorada, Superkamiokande, un tanque de agua gigantesco rodeado de detectores electrónicos que perciben los flashes de luz que producen los neutrinos al interactuar con el núcleo atómico de las partículas de agua. Con estos detectores se confirmó la existencia de neutrinos emitidos por el Sol o producidos en la explosión de supernovas, descubrimientos por los que Koshiba ganó el Nobel de Física en 2002, y ahora ya sé que Kajita finalmente lo ganó en 2015.

Por favor, mirad esta foto del Superkamiokande. Está construido en una mina, a mil metros bajo tierra, en la prefectura de Gifu, en Japón. Contiene 50.000 toneladas de agua pura y, a su alrededor, fulguran miles de tubos ópticos de vacío áureo.

Kajita es físico y dirige el Instituto para la Investigación de Rayos Cósmicos, adscrito a la Universidad de Tokio. Mereció su Nobel por describir el fenómeno mecánico cuántico de las oscilaciones de neutrinos: un neutrino creado con un sabor leptónico específico –leo en Wikipedia–, es medido posteriormente con un sabor distinto. Al parecer, esto prueba que los neutrinos tienen una masa que, aunque es muy pequeña, no es nula.

Nótese que los neutrinos no están formados por quarks sino por leptones. Los quarks necesitan agruparse para formar materia; los leptones, no, y esto los hace especialmente afines a la consciencia.

«¿Sabes lo que es el Superkamiokande?», me pregunta Hadari. Es fascinante, pero sí lo sé.

«El señor Kajita no fue contactado por las mismas razones que tú, creo. Él es un experto en cuántica y en cósmica y está entusiasmado con las crípticas propiedades del vórtex de tinta».

Mansa Musa, rey de reyes del Imperio de Malí, que nació en el año 1280 y murió en 1327, es la persona más rica que haya existido jamás. No subió al trono como heredero sino como regente. «El gobernante que me precedió no creyó que fuera imposible alcanzar el extremo del océano que rodea la tierra», contaba él mismo sobre su coronación, refiriéndose a lo que hoy conocemos como Océano Atlántico. «Así que equipó doscientos barcos llenos de hombres y muchos otros llenos de oro, agua y provisiones suficientes para muchos años y le ordenó al capitán de la expedición que no regresara hasta alcanzar los confines. Tras una eternidad, un solo barco regresó. La tripulación contó que todas las demás embarcaciones habían sido abducidas por un remolino de agua infernal y que ellos habían podido volver in extremis justo antes de atravesar el no retorno. Pero el sultán no les creyó. Ordenó que doscientos barcos fueran equipados para él y sus hombres, y mil más con abastecimiento. Entonces me confió la regencia y partió con sus hombres para no regresar nunca».

La escuela de Sankore, en Tombuctú, fue construida durante el reinado de Mansa Musa, y también la gran mezquita de Djingareyber, diseñada por arquitectos egipcios y andalusíes, todavía en pie tras numerosas restauraciones. A principios del siglo XIV, Sankore había reunido ya la mayor colección de libros de África desde la Biblioteca de Alejandría. Como en la legendaria Alejandría, en Tombuctú se hacían preciadas copias a mano de todos los libros que llegaban a la ciudad. Los amanuenses, por establecer esa íntima relación con la palabra, adquieren percepciones extrasensoriales y habilidades mágicas.

En la Bibioteca de Alejandría custodiaban la obra completa de Aristóteles, como no podía ser de otra manera, por tratarse del mentor del Magno. Tenían copias de toda la Poética. Ya se sabe que la segunda parte de la Poética, dicen que dedicada a la comedia, se perdió. De hecho, El nombre de la rosa, de Umberto Eco, es una novela ambientada en una abadía italiana del siglo XIV donde reina una espectacular biblioteca, de acceso restringido; tras una serie de muertes misteriosas de monjes que aparecen con la lengua azul, se descubre la existencia de un libro envenenado, que no es otro que la segunda parte de la Poética. También tenían en Alejandría el libro Métodos de integración matemática, de Eudoxo de Cnido; El modelo heliocéntrico, de Aristarco de Samos; el primer libro de robótica de la historia, Los autómatas, escrito por Herón de Alejandría; Babiloniaka y la lista de reyes de antes del Diluvio, del sacerdote babilonio Belroso; y el Libro de Thot.

El Libro de Thot, muy popular también en Tombuctú, contiene dos encantamientos, uno de los cuales permite a quien lo lea, percibir a los dioses por sí mismo. Thot era el dios egipcio de la escritura y el conocimiento y, sin embargo, el propósito de su libro es que los humanos sepan que el conocimiento de los dioses no les pertenece. La misma advertencia que se hizo en el Paraíso bíblico a Adán y Eva: que no habían de morder el fruto del Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal o serían expulsados a un mundo de esfuerzos, decepciones y dolor.

Por fortuna, el señor Hadari había dicho que eran «poesías». Supuse que se refería al contenido de los libros que copiaba el amanuense, y no a la mancha de color alquitrán. Cuando el escribiente terminó su tarea, le entregó uno de los libros a Hadari, quien envolvió sus manos en una tela y lo recogió con sumo cuidado. Parecía un monolito, tal era su halo; por la mueca que puso, intuí que tenía un peso considerable. Al alejarnos del patio, la negra ceguera de la esquina se disipó.

Sobre la mesa del gabinete, mi anfitrión colocó despacio el libro de poesías «del pasado y del futuro» y lo abrió por la primera página. Parecía en blanco, pero leí: an─tolo─gía poé─tica de la es─pecie hu─ma─na. Las letras emergían tímidamente al leer, con la viscosidad del mercurio, para luego volver a esconderse. Y sí, me pareció muy raro. Hadari contó con solemnidad que las primeras emanaciones fueron las más legibles, «magníficas», subrayó; las actuales apenas si llegaban a brotar y los textos habían de adivinarse más que leerse.

Al parecer, tras una serie de sortilegios sencillos, en la esquina del patio donde habíamos observado al amanuense, empezó a aparecer un día, cual espeso plasma, la ciega y abisinia bruma y, si se depositaba un papiro cerca, no cualquiera, claro, sino uno de alto gramaje y bordes rizo, la emanación se manifestaba sobre el papel como un fluido metálico cuya circulación hacía aparecer y desaparecer símbolos cuando alguien se atrevía a leer.

Reunir toda la emanación les llevó a los iniciados meses de incertidumbre y tentativas, hasta que se dieron cuenta de que los símbolos emergían cada vez más vahídos. Comprendieron que, aunque habían hecho copias, era mucho más sensato compartir el origen de su secreto con otras mentes distintas. Porque «los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo», sentenció Ludwig Wittgenstein; aunque «todas las mentes sean una sola», dedujo Schrödinger.

Takaaki Kajita se presentó en Tombuctú con cara de perplejo y un minilab con todo lo necesario para detectar la más inverosímil de las vibraciones, incluido un tanque de ingeniería criogénica que proporciona un ambiente cuántico frío y aislado. Debido a su equipaje extremo, cuyo valor en dólares posiblemente fuera equivalente al PIB de Malí, rehusó trasladarse en camello desde Kabara y tuvo que esperar allí al robusto jeep de chapa que le envió Hadari. Su sombrero de explorador y su atuendo de algodón de Muji a duras penas le protegieron de la polvareda que le rodeó durante la espera y trayecto hacia la ciudad monocroma.

El señor Hadari se había desplazado a Tokio primero, para explicarle al señor Kajita por medios no electrónicos ni postales lo que le tenía que explicar. Al Tajita científico, lo de que fueran poesías, al principio no le impresionó; pensaba, como McLuhan, que el medio era el mensaje; pensaba, como algunos tecnófilos, que la ciencia y la tecnología, que el determinismo y la razón cartesiana superaban con creces al azar y a la intuición, al caos y al no equilibrio, a la complejidad y a las fluctuaciones.

El poeta Matthew Arnold, tío abuelo de Aldous Huxley, cuya existencia metabólica transcurrió en el siglo XIX, opinaba que la mayoría de las cosas que ahora dependen de la filosofía y de la religión «serán reemplazadas por la poesía». El propio Erwin Schrödinger hubiera preferido ser poeta. Porque el método científico es eficaz para tratar la baja complejidad de una molécula, un cristal, una reacción química; pero entra en crisis si el objeto de conocimiento alcanza una complejidad retadora.

Kajita regresó de Tombutú portando en su minilab un aura negra y mágica. Había conseguido entrelazar una nanonésima del vórtex de tinta cuántica con la ayuda de una malla pentadimensional de su invención y un espejo Kozyrev. Nikolai Aleksandrovich Kozyrev fue un astrónomo ruso que, tras pasar 10 años, 10, en el gulag, llegó a la conclusión de que el tiempo es un tipo de rayo frecuencia informativa cuya velocidad es instantáneamente infinita, un concepto bastante controvertido para la ciencia. Sin embargo, la mayoría de científicos sí parecen estar de acuerdo en que el vacío cuántico fluctúa al azar entre ser o no ser.

Las fluctuaciones provocan la creación repentina de partículas y anti-partículas virtuales que suelen aniquilarse unas a otras; estas partículas virtuales sólo pueden materializarse en partículas reales observables si superan un determinado umbral energético: de repente, algo surge de la nada, de una nada que contiene el todo. Porque el vacío está lleno de vibraciones que contienen mágicamente la realidad. El universo mismo surgió de ninguna parte tras una gigantesca fluctuación del vacío que, de manera metafórica, llamamos Big Bang.

Después, allí en el gabinete, leí las poesías «escritas por humanos pero de procedencia extraterrestre». Las leí muy despacio, adivinando entre líneas de la emanación. Lo primero que pensé fue que eran magnéticas, de una gran belleza. No comprendí su significado hasta mucho más tarde. No comprendí que cada poema brota en una esfera de consciencia que podría abarcar toda la existencia de la especie tanto como haberse imaginado desde un sólo punto existencial temporal, desde un espacio de pulsión emocional único, desde una mente expandida [como la del joven poeta J. A. A.] desde un «arquetipo», tal y como lo entendía Carl G. Jung.

La poesía es un pensamiento-paisaje. «Los poetas no inventan poemas / el poema está detrás, en alguna parte / está allí desde hace mucho tiempo / el poeta simplemente lo descubre», ha escrito Jan Skacel. A veces la poesía acude a una suerte de consciencia primigenia donde la intuición desplaza al logos y a la episteme en favor de la estesia o espiral de sensaciones que orientan el conocimiento. Emerge entonces la consciencia como vibración: imaginación, recuerdo, simulación, reminiscencia.

Spanda es la palabra sánscrita que el sivaísmo de Cachemira utiliza para designar la vibración del ser supremo. Se describe como pulsación, ritmo, latido o estremecimiento interior no producido por causa alguna. Es por efecto de esa vibración que Siva, el Señor del Universo, destruye y produce universos. Siva, el Nataraja, el gran danzante, vibra y, al hacerlo, emite una resonancia que antecede a la palabra, a toda palabra. Por eso, para Tarkovski, la poesía era «un sonido de la naturaleza»; quizá Antología sea un maravilloso fenómeno natural.

Al encontrarse Takaaki Kajita en el patio de arena bajo el cielo añil, acom- pañado de un escriba, un hombre sensato y un humo cósmico, su conciencia de humano palpitó con una fuerza indómita: saber que estás vivo; saber que dejarás de estar vivo. Nunca había percibido Ma –espacio vacío por donde fluye la energía cuyo contorno son los elementos y personas presentes– con tanta nitidez; tampoco Ba –espacio por el que fluye el conocimiento. «¿De qué crees que viven estos hombres que se pasan el día sentados en al zaguán de su casa?», le dijo el anciano bibliotecario del Centro de Estudios y Documentación Ahmed Baba de Tombuctú a Pep Subiròs en 2006. «¿Crees que trabajan? No, de ninguna manera. Cuando anochece, se encierran en su habitación, trazan un cuadrado mágico en el suelo y de él obtienen todo lo que necesitan».

La esquina abismal no le produce a Kajita incomodidad alguna sino placidez. Desde esa falta de luz le llega un destello de cordura: no se trata solo de un enigma, también es observación, como en el experimento del gato de Schrödinger. No es solo emanación, también es reminiscencia. Su entidad no sucede en el espacio, sino en lo que sea que pulse bajo el cráneo. Puede que el espacio sea una estructura de vibraciones, pero es el tiempo, una construcción de la consciencia, lo que permite viajar mentalmente hacia el pasado y el futuro, lo que permite que podamos imaginar un androide moribundo que murmura yo he visto cosas que nunca creerías /atacar naves en llamas más allá de Orión, o una entidad cósmica ficticia, un monstruo de contornos gelatinosos, Cthulhu, que reposa soñando bajo un sello en la ciudad sumergida.

Ya en la penumbra del gabinete, leí las notas del extraterrestre a propósito de Antología. Me fascinó que el único texto humano que habían conocido hasta que compiló estos poemas fuera lo que ellos llamaban Aaphul Pov, firmado por un tal W. W.; alguien que escribía misteriosamente como Walt Whitman, cuya voz es el registro poético sonoro más antiguo que tenemos, por cierto, apenas 35 segundos de recitación atrapada en un cilindro de cera; un poeta que, como Walt Whitman, le recuerda a los humanos que son tan máximos como el universo y tan mínimos como el átomo.

Vemos el universo como somos. Tan etéreo es nuestro espíritu que cabe en una brizna de hierba. Tan absurdo es nuestro límite biológico como desmesurada nuestra soberbia simbólica. Finalmente, fuimos expulsados de la Tierra por la Tierra, hacia el inframundo y hacia el vacío galáctico, acelerando nosotros mismos nuestra propia fumigación. Y, por lo que revelan estas páginas, la conquista espacial resultará un naufragio.

Me fascinó que el extraterrestre pensara que los poemas pudieran parecer la reescritura de un único texto que gira en torno a lo mismo, siempre lo mismo, el eterno retorno de lo mismo: el amor, la soledad, el clan, la locura, los dioses, la muerte.

En marzo de 2012, menos de un año después de mi visita a Tombuctú, un grupo terrorista tuareg muy feroz se hizo con el control de la ciudad, la cual terminó bajo el yugo de los socios salafistas del grupo que, contrarios a cualquier creencia que no fuera la suya, además de cometer todo tipo de atrocidades y tropelías contra la población, destruyeron varios mausoleos de santones ancestrales e incluso arremetieron contra la puerta de madera labrada de la mezquita de Sidi Yahia, conocida como Puerta del Fin del Mundo porque debía permanecer cerrada hasta el final de los tiempos de acuerdo a la tradición sufí.

Cuando Hadari intuyó que el acoso y derribo iba a ser inminente, organizó la salida secreta de cientos de miles de manuscritos hacia la capital, Bamako, un auténtico éxodo furtivo en autobuses cochambrosos, burros, camellos y pinazas, entre frutas, cántaros y telas. Muchos filósofos se jugaron la vida en el rescate. Los legajos que se quedaron en la ciudad fueron quemados por los radicales antes de su huida hacia el desierto en 2013; por fortuna, la mayoría habían sido digitalizados previamente. Un grupo de monjes benedictinos de la abadía de Saint John, en Minnesota, Estados Unidos, se trasladó a Bamako para asesorar en la conservación de los documentos y organizar su archivo en bits. La copia digital de cada manuscrito está almacenada en una cámara acorazada, bajo una montaña de granito en el estado de Utah.

No es el caso de Antología, cuyo original no se puede explicar por medios electrónicos y mucho menos fotografiar ni digitalizar; solo es posible atreverse a leer y la emanación se fusionará con la consciencia del lector.

Takaaki Kajita hizo una copia a mano, en japonés, y se la llevó a Tokio. Yo hice una copia a mano, en castellano, y me la llevé a Berlín, donde residía entonces. El señor Hadari dejó su propia copia en francés en casa de un hermano, en Kinshasha. Un tipo muy peculiar de quien no conozco el nombre pero sí su lugar de residencia, Longyearbyen, en Svalbard, y su profesión, la de genetista en la Bóveda del Fin del Mundo o banco de semillas ─por favor, mirad la foto de la Bóveda, arriba─, fue invitado a hacer su copia un mes después que yo. La moratoria que Hadari nos hizo prometer a todos fue bastante breve, apenas siete años, razón por la que ahora me atrevo a publicar Antología en Madrid, y espero con impaciencia las demás emanaciones. En el resto de idiomas terrícolas sólo podrá haber traducciones: la confusión y la violencia parecen haber apagado o desconectado el vórtex definitivamente.

A pesar de la amarga noticia de la extinción de la humanidad, todavía palpitando de amor en una remota cabina de repostaje en a saber qué confín cósmico, todavía encapsulados por el lenguaje, tras haber profanado el bosque, la lluvia y el trigo, cuando regresamos de Tombuctú, a los invitados de Hadari se nos puso cara de despiertos. En el sentido budista del despertar: hacia el pasado y hacia el futuro, es magia la realidad, y comprender la impermanencia de todo lo que existe es comprender la inexistencia del yo, porque «os voy a enseñar el estado de la no muerte», prometió Gautama Sakyamuni.

Recuerda que uno de nuestros lemas dice:
«La ficción es una rama de la neurología»

Fig.1 
Patio de la mezquita de Djingareyber, en Tombuctú, Malí  + Anish Kapoor, My body your body (1993), pigmento y fibra de vidrio.
Fig. 2

Manuscritos de Tombuctú, sobre arte, ciencia, filosofía, religión y medicina, custodiados durante siglos en bibliotecas privadas de la ciudad maliense. Se estima que suman un total de 700.000 textos, escritos entre el siglo XIII y el XX.
Fig. 3 

Composición con el iglú donde vivía Lucky Skywalker, personaje de la saga de películas esparce opera La Guerra de las Galaxias. La escena del iglú que se rodó en Nefta, Túnez + Anish Kapoor, It is Man (1989-90), arenisca y pigmento.
Fig. 4
Playing a game of Mancala, Herman Reisz (1865-1920), óleo sobre lienzo.
Fig. 5
Vista panorámica de la mitológica ciudad de Tombuctú, en Malí.
Fig. 6 

Fotograma de la mitológica película de ciencia-ficción  2001. Una odisea en el espacio, de Stanley Kubrick, MGM, 1968. Los humanos observan el enigmático monolito que han encontrado en la Luna, con la Tierra en cuarto creciente sobre el horizonte.
Fig. 7 

«Piedra del Sol», monolito de basalto azteca con la inscripción: Dios Tonatiuh, cuatro soles, rueda de los veinte días, círculo de los cinco elementos, serpientes de fuego o Xiuhcóatl en el canto del cielo nocturno, que se custodia en el Museo Nacional de Antropología e Historia de México.
Fig. 8
Manuscritos de Tombuctú, Malí.
Fig. 9
Cara de nexialista superpuesta sobre la de Jean Schrimpton en la famosa foto que le hizo el famoso Richard Avedon.
Fig. 10 

Muralla de Tombuctú + Anish Kapoor, Untitled (1998), fibra de vidrio. 
Fig. 11 

Fotograma de la película Arrival, de Dennis Villeneuve, Film Nation Entertainmen, 2016.
Fig. 12
Manuscritos de Tombuctú.
Fig. 13
Superkamiokande, observatorio de neutrinos subterráneo sito en la mina de Mozumi, ciudad de Hida (antiguamente conocida como Kamioka) en la prefectura de Giza, en Japón.
Fig. 14 

Anish Kapoor, Descent into limbo (1992), Documenta IX, Kassel, Alemania. Se trata de un espacio lleno de negrura, no de un agujero en el suelo.
Fig. 15 

Pintura que representa una caravana tuareg.
Fig. 16
Grabado de Charles Laplante de circa 1866 en el que están representados Alejandro Magno y su maestro, nada menos que Aristóteles.
Fig. 17 

Bajorrelieve de Thot en el templo de Luxor, en la antigua Tebas de Egipto, circa 1300 a.C. 
Fig. 18 

Erwin Schrödinger en la playa, en 1939, Österreichische Zentralbibliothek für Physik.
Fig. 19
Cerebros provenientes del Texas State Mental Hospital que ahora se encuentran archivados en la Universidad de Texas, en Austin, y que fueron fotografiados por Adam Voorhes.
Fig. 20
Neferu Atón Nefertiti (1370-1330 a.C.) Reina de la XVIII Dinastía de Egipto, Primera Esposa de Akenatón. Busto de piedra caliza conservado actualmente en el Neues Museum de Berlín.
Fig. 21 

Evento de neutrinos registrado por el Superkamiokande.
Fig. 22
Fotograma de la película  2001. Una odisea en el espacio, de Stanley Kubrick, MGM, 1968.de.
Fig. 23
Fotografía de unos guerreros papúos tomada por Jimmy Nelson, presentada en su libro sobre las últimas culturas tribales Before they pass away, TeNeues, 2003.
Fig. 24
Fotograma de la película de culto Stalker, de Andréi Tarkovsky, Mosfilm, 1979.
Fig. 25
Anish Kapoor: It is Man (1989-90), arenisca y pimento + Angel (1990), pizarra y pigmento.
Fig. 26
Cthulhu, una entidad cósmica ficticia inventada por H. P. Lovecraft, convergencia de un pulpo, un dragón y un humanoide.
Fig. 27
Fotograma de la película Love, de William Eubank, Angels&Airwaves, 2011.
Fig. 28
Walt Whitman fotografiado por G. Frank E. Pearsall en 1869.
Fig. 29
Fotografía de unos nenets tomada por Jimmy Nelson, presentada en su libro sobre las últimas culturas tribales Before they pass away, TeNeues, 2003.
Fig. 30
Viñeta del Libro de los Muertos, en el Papiro Hunefer, conservado en el British Museum. Data de 1275 a.C. Anubis trae a Hunefer a la zona del Juicio y Anubis supervisa la balanza donde se va a comprobar que el corazón de Hunefer, donde guarda sus emociones, intelecto y carácter, pesa como una pluma; si no hay equilibrio entre corazón y pluma, el muerto será condenado a la no existencia y a ser devorado por la bestia que se muestra a la derecha, un poco león, un poco hipopótamo y un poco cocodrilo.cocodrilo.
Fig. 31
Fotograma de la película  Under the skin, de Jonathan Glazer, BF1, 2014.
Fig. 32
Fotograma de la película  Under the skin, de Jonathan Glazer, BF1, 2014.
Fig. 33
Nébula.
Fig. 33
Banco de semillas en la isla de Svalbard, conocida como Bóveda del Fin del Mundo.
Fig. 34
Fotograma de la película  2001. Una odisea en el espacio, de Stanley Kubrick, MGM, 1968.
Fig. 35
Rodaje de la película  2001. Una odisea en el espacio, de Stanley Kubrick, MGM, 1968. 

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