Girl reading (1909)
Edmund C. Tarbell
óleo sobre lienzo
Palmer Museum of Art

«Esto es lo que tiene transportar un circo tan pequeño en una sola caravana, que, bajo la carpa arrebujada, todo es oscuridad y dobleces hechas a todo meter. Reducir los payasos a la mínima expresión para dejarlos ocupando el menor de los huecos supone que, a veces, el payaso llorón encaja su mandíbula en la entrepierna del forzudo y éste, que está acostumbrado a soportar cincuenta kilos en las pestañas, se asfixia al tratar de aguantar las tetas de la obesa mujer sirena».

«Cuando el circo llegó a aquella villa, el mayor espectáculo no era él ni sus fenómenos, porque aquél era el único destino de la gira donde no se llenaba la carpa cada noche. De hecho, allí sólo tenía sentido hacer una sola función por noche, a la que sólo acudían las mujeres y los viejos. El resto de los hombres, los jóvenes e incluso algún niño, estaba intentando saltar las tapias de un convento, del que se decía que guardaba una monja desbocada que se apareaba con las sombras y los árboles, vestida con la luz de la luna».

En los cuentos ‘Little Circus Miniland’ y ‘Herculano’

No sobre las espaldas de Atlas  
ni de pájaros bandadas  
a fuego por mapas  
donde ejércitos vencidos claudiquen,  
no en el mismo centro del corazón  
anide musgo de un día en pos de otro,  
no mañana, que la piedra señale  
con el aire marcial de una corneta  
el último cuerpo indómito,  
no mañana,  
¡hoy te poseeré! 

 

«Puede que un día nos enfrentemos a un poeta cuya obra, sin saber muy bien en virtud de qué adherencias espirituales, opera sobre nosotros una irremisible devoción. Al principio de un modo sesgado, que nos inquieta y nos saca fuera de nosotros mismos, dejándonos en un estado de cierta confusión sensible. Pero que nos quede claro: no es otro el sentido real de la experiencia poética, salir de nosotros mismos. Al volver más tarde sobre esa obra, percibimos las energías de nuevos matices. Tal vez un temblor eléctrico recorre las páginas, entra por nuestra mirada y prefigura en la mente una imagen que, aunque borrosa al principio, logrará formar con el tiempo un territorio nuevo e inexplorado, un territorio mental que de algún modo ya estaba antes en nosotros, sólo que sin configuración visible, sin relieve, sin textura, es decir, sin construcción lingüística, y que ahora ha sido iluminado por una luz ajena. Se trata del paisaje nítido y abierto hacia la profundidad ontológica que la poesía —como la oquedad insondable de la que hablaba Parménides—  despliega en la superficie de la vida, del mundo, de nosotros. De ahí que no pocos poetas hayan llegado a la conclusión de que la poesía propone una operación metafísica cuyo fin —si es que podemos hablar de fines en la poesía, cosa que dudo— no es otro que dar forma a lo invisible, otorgándonos en cierto modo un acceso a espacios para los cuales nuestra vista no estaba preparada».

En el Preámbulo

Voy a moldearte, Safo,  
en la suave cintura del trigo  
y aún más arriba,  
donde la serpiente guarda  
el mordisco nocturno del día.

  
Ven cuando el agua interrumpa  
el frágil equilibrio de los cuerpos,  
tímidos cuerpos reconociéndose  
en el estambre de una radiografía.

  
No temas,  
en el bosque estamos solos  
y nos cubre la espalda  
un musgo verdísimo.  

Lléname la boca   
con todos los colores de los astros  
y haz de mí el más alto jarrón  
que alguna vez  
contuvo el mundo.

  
Siéntate, siéntate, Safo,  
déjame buscarte en las oscuras  
vértebras del fuego.

  
Mañana nadie encontrará  
nuestros cuerpos. *


  
*Para muchos estudiosos, este poema supone una fuente de inestimable valor para la comprensión de los ritos de apareamiento humanos. En palabras de Obloon Kay «la reproducción humana no habría existido sin un complejo armazón de símbolos y rituales que la sostuvieran, encaminándose, sin el mismo, hacia una temprana e infantil extinción (algo que, por otra parte, hubiese sido preferible)».  

«Uriel era un gato de monte más, un wachín de barrio que andaba de períodos haciendo changuitas, alternados con días y semanas de juntarse con la vagancia, los pibes de la Stunt Style y andar de joda respirando el fresco de la calle, desempleado pero feliz».

«Llegó el día en que Uriel fue recomendado por un amigo de un primo para que lo contrataran en la lavandería de toallas que, por cierto, se estaba haciendo mucho eso de abrir lavanderías de toallas en todos lados; era un negoción para quien lo hiciera en su barrio porque toallas sucias habría por siempre. De forma que el gato de monte, ya con veintitrés años, se calzó su visera y salió temprano para la lavandería que había sido armada en un local donde anteriormente hubo funcionado un supermercado chino, de la época en que parecía que los chinos se iban a quedar para siempre».

En el cuento ‘El tubo’

escribir   
como una transición para el invidente  
la representación ahora es un árbol de decisiones  
vivo con la presión constante del agua en la   
caja torácica  
en torno a mí el pez de la luz  
yo tengo un pulmón  
yo tengo un pulmón  
la clave es aguantar  
aumentar la capacidad cardíaca  
sentir el hormigueo bajo las uñas  
el terror de la esperanza  
porque el camino no es claro ni recto  
y está lleno de animales desollados    

 

«Mi oficio consiste en preservar la oscuridad. Cada atardecer subo hasta la cima del Monte Caravante donde se encuentra mi puesto de vigía: una cabaña de siete metros cuadrados desde cuya ventana se divisa el gigantesco reptil al que mi pueblo se asemeja».

«Sé que puede parecer aburrido, y más para los jóvenes que aspiran a un puesto de fusilero. Mi labor consiste en escudriñar la oscuridad durante horas, atento al mínimo resplandor. En caso de que tenga lugar un evento luminoso debo transmitir, por medio de la emisora, la posición. Normalmente no ocurre nada destacable: un grupo de luciérnagas junto al arroyo, un señor que prende un puro, el reflejo de la luna llena en el cristal de un armario…».

En el cuento ‘La pata superior izquierda del reptil’

«Al cabo de unas horas, encontré el vídeo de su discurso. Mientras subía lentamente al estrado y empezaba a hablar, creo que Aira recordó el rencor que le tenía al premio. Al hecho de que no se lo hubieran dado a Borges se unía que se lo hubieran dado a él, algo que, inevitablemente, los diferenciaba. Uno no lo había ganado; el otro, ahora sí. Estoy convencido de que Aira prefería pertenecer al exclusivo grupo de los que no lo ganaron, entre los que están sus más admirados escritores del siglo XX: Borges, Proust, Kafka y Joyce. Alargó el silencio, quizá porque pensó en decir todo esto, aunque al final acertó a pronunciar: «Este premio termina con mi reputación de escritor de culto, pero el dinero es un consuelo. Gracias»».

En el cuento ‘César Aira gana el premio Nobel’

«Max desconecta a Marin Cajole de la transferencia encriptada y vuelve a conectarla a Bucle. Ha llamado a la Fed y ha llamado a Googleplex. ¡Ha llamado a todo el mundo! Le gustaría arrancarle los ojos a Marion pero le han ordenado que no lo haga, que se trata de un caso muy interesante y que ya se encargarán de eso después. Han enviado un código épsilon, una excepción totalmente justificada porque es la primera vez que Max ha utilizado la etiqueta ‘problema’; esto convence a Max de que van a tomar medidas contra la sintética y de que no tiene que preocuparse por el protocolo. Curiosamente, ya no le interesa el protocolo tanto como antes; preferiría irse a su casa y descansar. El día ha tenido emociones y una vez le pareció leer en un libro de B. Traven que los días así sólo pueden solucionarse con un whisky y dos rocas, a palo seco, un Jack Daniels etiqueta verde, una solución cojonuda cuando ha fallado todo lo demás, cuando han fallado la formalidad y la certeza, y te han dejado mágicamente tuerto».

En el Capítulo 3

 

Magic chairs

¿Está indecisa la luz o son colores  
de tejidos simétricos flotando?  
atraparé tu vista en el espejo  
frente a la letra obtusa de la llama  
y si hay sosiego ocurrirá también el golpe suave  
de dos rocas que esperan el rayo y el oxígeno  
bajo un rocío de luz enfurecida—  
El ámbar tiene dentro universos triángulos  
rabiosos, escamas dulces y desahucios  
del corazón eléctrico, sus cuadrantes descubren  
las orillas del tiempo en su piel áspera  
donde frotas la magia  
y ese azar en tu mano es todo lo que tienes.  

 

«A., estos días he recordado tu Manuel de escapología. Describes treinta huidas para evadirse de este mundo de hoy al que tú llamas de marea alta. Pienso ahora en la que habla de escaparse hacia ese jardín cerrado, lugar natural e íntimo. Las circunstancias, sin embargo, nos han obligado a permanecer en casa, nos han cortado las alas. Y hay casas poco habitables, que se nos caen encima. Recuerdo un artículo del profesor de Arte Ángel González que se titulaba ‘Donde se asegura que un piso no es una casa’. Era muy entretenido lo que contaba, se enredaba en digresiones  sobre las habitaciones de hotel y la nostalgia que sentimos al apagar la luz en ellas en una ciudad extraña; sobre las fogatas que encienden los vagabundos en las casas abandonadas; sobre la casa Farnsworth de Mies; sobre la de Mario Pez en Vía Giulia… Yo leí el libro de Praz, La casa de la vida, una obra deliciosa. Pero creo que no viviría en ella, acabaría abrumado por la decadencia, por la sophistication y los ácaros».

En las cartas 24 y 26

El emperador estaba triste.  
Su ruiseñor lo había abandonado.  
Decepcionado, decidió consultar al anciano consejero.  
El emperador debería alegrarse por el hecho de que su ruiseñor esté ahora embelleciendo la vida de otras personas.  
¿No volverá a palacio nunca más?  
El emperador debería hacer lo que hizo su ruiseñor: salir al jardín más a menudo y convivir con las maravillas  que existen más allá de palacio.  
¿Y los menesteres de la corte?  
Debería trasladarse con su corte a los jardines.  
¿Y el palacio? ¿Qué será de mi estupendo palacio?  
—Debe conservar las puertas y las ventanas abiertas, hasta que algún día regrese el ruiseñor. 
¿Y cuándo ocurrirá eso?  
—Cuando Su Majestad aprenda a salir de su jaula, tal y como le anticipó amorosamente su pájaro.  

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