Girl reading (1909)
Edmund C. Tarbell
óleo sobre lienzo
Palmer Museum of Art

Algunos libros de autores y amigos de la editorial publicados en otras prensas y que ahora forman parte de nuestro feliz ex libris.

«Dices que quieres decirlo todo, escribirlo todo, hacer un libro tan espacioso y diverso como el mundo; hacer, en fin, un libro que sea el mundo, igual a tu ambición y tu deseo. Pero yo voy más allá: quiero dejarlo todo fuera, quedarme tan solo con un hilo de voz, dos o tres palabras que dibujen vagamente un lugar desde el que ver el mundo y decir lo que veo: un ángulo de visión, una perspectiva, apenas dos líneas que confluyan en el horizonte, donde son invisibles».

«I wanted to go on conversing with her at the North Pole of our dreams».

El título original en alemán es Estudio sobre la Nieve y, como siempre en la literatura de Tawada, se trata de algo más que un trío de relatos en clave surrealista sobre tres generaciones de osos domesticados: lo que subyace es una meditación sobre la otredad, lo extranjero, la alienación y la naturaleza de la consciencia.

Te imagino borracho, nigromante,  
ahíto de mejunjes y sapiencia, indolente  
en tu celda o echado en los hedores  
de nuestro gran vulturno de ínsulas vacías,  
como los viejos faunos, terminada la farra,  
destrozados los pífanos sobre el cristal lava.  
De los grandes arcontes y doctrinas  
que en los atrios los santos idolatran  
has osado reírte. Ya no enciendes las velas  
en los templos secretos de las playas,  
ni conjuras las piedras. Pues mejor para ti,  
que morirás de acidia, una tarde cualquiera  
en un apartamento (te llegarán las risas  
de muchachas jugando en la piscina,  
o vibrarán las sombras de un jardín de fuego,  
confuso en las persianas, vaticinio del fin,  
visión definitiva) y no como nosotros  
descifrando los signos, medio vivos  
o medio muertos, empujados al margen,  
reducidos a sierpes, como mucho.  

Que no eres tú  
—te repites—  
corazón espina que te corona  
carne impaciente cosida a la nada  
que coagula el tiempo  
ojos que esperan sin hallar  
imagen/árbol que enraíce  
Y que no  
que no eres tú  
—te repites—  
que no eres tú tu alacrán  
el único culpable  

«Ya bien entrada la noche, bajo el toldo del Santo Martino, conversaba yo con mi amigo Giovanni cuando llegó María José y me preguntó si quería escribir algo para un congreso que ella organizaba en la facultad de filosofía, algo sobre la función de la literatura o de las humanidades en el delirio de sociedad en que vivimos. Le dije que no, y a los pocos días, domingo de Resurrección, que sí. Hay que ser agradecido.
Cuando me sobreviene un encargo de este tipo —fuera de mis previsiones o mi rutina— me paralizo, no comienzo de inmediato y suelo proceder de la siguiente manera: dejo funcionando ese radar de murciélago del que habla Brodsky en el prólogo a un libro de poemas de Montale. Bueno, puede que un poeta funcione en ese ámbito de 360º; yo me limito a extender una especie de tela de araña pegajosa en la que quizá queden atrapadas algunas palabras, sensaciones o ideas que luego tal vez sirvan para hilvanar algo, un texto, un discurso.
[…] 
Tenía que empezar a escribir y encontrar cierto tono. Dice Piglia que el tono no es el estilo, es la relación del que narra con la historia: puede ser una relación apasionada, puede ser irónica, elegíaca, distante».

A aquel hombre  
que desde los cipreses me saluda  
lo conozco  
a este hombre  
que hacia los cipreses camina.

  
Van cayendo los pájaros de la tarde  
oscuros uno tras otro  
como si los pájaros fueran  
del tiempo  
su espina,  
que duele, abuelo  
como ver tu casa en venta  
negras las ventanas  
al caer la tarde,  
como de los pájaros tu casa,  
sus ventanas,  
su espina.

«¿Quiénes son esos que envuelven tu cuerpo con burdas pieles cosidas? ¿Quiénes son esos que te acuestan sobre las candentes arenas? No los reconoces aunque algo en ellos te sea familiar. Como si adivinaras los rasgos de un rostro conocido tras una máscara. Temes el dolor. La quemadura. Con el instinto de un animal aterrorizado en la maleza. Pero tu cuerpo ya no siente, no padece ni goza, no siente ya para el dolor ni para el placer. Ni para el golpe de un puño ni para la caricia de una última mano».

Each breath is the corner of a  
Book turning this to another age  
And so I fall  
Meaningful lost  
A fistful of dust!  
Gravel-proof body bunker  
Surrounded by minutes each hurling grenades  
And you the eerie explosions of flesh-to-flesh contact  
Scythe’s enfilade stitching desire across my bursting  
chest!
  
I read, green tree of purple shadow.  
Move, green river of man-fish menace.  
Feel, blue sea-grief of late October sky.  
Taste, totem’s touch thrust in third gear.  
Speak, tongue’s lash on the naked buttocks of silence.  
Calling it poem, proem, pome, mepo  
Whirlwind stir whipped into turbulent sky!  

«Ahora amanece. Es un amanecer de gelatina».

Por miedo, Max lleva de paseo a un gato por la sala de lectura. Se llama Óscar. La dueña de la casa, la difunta tía de Max, adoraba a Wilde y siempre pensó que Óscar era claramente un nombre de gato. No es que yo esté de acuerdo. Sólo digo lo que dejó escrito en su testamento. Quien haya visitado alguna vez una sala de lectura que lleva mucho tiempo abandonada sabrá que es imprescindible recorrerla con un gato en brazos. Pues bien, nosotros no lo sabíamos.


—No rebosa ni una gota y no hay sito para ninguna más.  
¿Qué hacemos ahora?  
Sacad al ahogado y llenad el barril.  

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